The Madrinan Playground™

La ventaja ya no es tener más información. Es pensar mejor tu negocio en la era de la inteligencia artificial.

Lo que haces con la inteligencia artificial lo cuentas. Lo que sientes que hace en tu cabeza es tu secreto.

Por Adriana Madriñán

Jueves, ocho de la noche. Se acabó el curso, la gente empezó a salir, y una dueña de negocio se quedó atrás para decirme algo en voz baja.

“Siento que he dejado de pensar.”

Lo dijo casi pidiendo permiso, como quien confiesa algo que no se dice delante de todos.

Llevo un año oyendo esa frase. Cambian las palabras, no el fondo. Que ya no escriben. Que les da pereza. Y usan esa palabra, pereza. Que ya no se sienten tan afilados en cosas que antes hacían bien. Y a veces llega la más honda: que tal vez su trabajo ya no sea importante en el futuro.

Y siempre me lo dicen igual. Aparte, en voz baja, cuando los demás ya se fueron. Porque en el grupo la conversación es otra: cada uno cuenta lo que ha desarrollado y todos admiran al que va más adelante. Ahí la pregunta que se repite es cómo lo haces.

¿Y sabes quiénes me hacen la confesión? No los que no saben usarla. Los que van adelante. Tienen tareas automatizadas, están desarrollando agentes que se hablan entre ellos, entregan más rápido que nunca. Por fuera no está fallando nada. Ese es justamente el problema.

Cuando pregunto un poco más, la respuesta se parece siempre. Que están dedicados a la parte técnica. Que ese es su lado. Que están haciendo cosas más operacionales.

¿Y un negocio es solo la parte técnica, los flujos y los procesos?

Mientras tanto, los ejercicios y los análisis que les pido me llegan con la hoja hecha por la máquina, con los títulos en azul, que nadie se ha leído. Y la pregunta con la que llegan sigue siendo la misma de siempre: cómo vendo, por qué no me compran.

Lo cierto es que el empaque del negocio está quedando muy bien. Los sitios web, los flyers, los avisos, todo eso mejoró. El fondo sigue sin resolverse.

Yo te pregunto. Cuando contratas a alguien pasas horas entrevistando, buscando a la persona que te va a traer algo que tú no tienes. Y cuando por fin llega, una de las primeras decisiones es automatizarle el trabajo. ¿Dónde quedó ese valor agregado que fuiste a buscar?

Y sigue la incómoda, que me la hago yo también. Si todo lo que entregas lo hizo la máquina, ¿dónde quedó el tuyo?

Los nombres y las industrias fueron cambiados, y en muchos casos también el género. Aquí no vas a encontrar a un cliente ni a una industria: vas a encontrar lecciones.

Ahora, ¿y si esto no empezó con la inteligencia artificial?

Hace más de dos años di una charla sobre cómo uso Notion. Lo tenía armado como una revista, para mis clases. Cuando terminé, la mayoría de los asistentes, casi todos más jóvenes que yo, me hicieron la misma pregunta: qué template usaste.

No me preguntaron cómo lo pensé. Me preguntaron cuál era la plantilla.

Llevamos años así. Canva tiene plantillas y uno las adapta. Notion tiene plantillas y uno las adapta. Wix, lo mismo. Y ahora adquirimos funciones que otros ya probaron. Eso es valioso, y no lo estoy despreciando.

Pero yo vengo de otro mundo. Estudié diseño industrial cuando todavía no existía Google. Para resolver un problema me tocaba ir a ver al joyero trabajando y preguntarle qué le estorbaba, o sentarme con una persona con discapacidad a entender qué necesitaba de verdad. Uno observaba, encontraba el hallazgo, y construía.

Hoy alguien ya construyó, te entrega la plantilla, y tú llenas los espacios.

¿Estamos usando la cabeza para crear, o estamos llenando espacios?

Y no es una impresión mía.

Un experimento con 117 estudiantes, publicado en 2025 en el British Journal of Educational Technology, comparó cuatro maneras de escribir un ensayo: con la herramienta, con un experto humano por chat, con analítica de escritura, y solos. Los que usaron la herramienta sacaron mejor calificación y no aprendieron más. Los investigadores lo llamaron pereza metacognitiva. Me llamó la atención, porque mis clientes usan esa misma palabra sin haber leído ningún estudio.

Un equipo de MIT Media Lab midió con electroencefalograma lo que pasaba en el cerebro mientras la gente escribía. Los que usaron la herramienta mostraron menos conexión cerebral que los demás, y más del ochenta por ciento no pudo citar una frase del ensayo que acababa de escribir. A eso lo llamaron deuda cognitiva. Ese trabajo, de 2025, todavía no ha pasado por revisión de pares, y vale decirlo.

Y el que más me impresionó, este sí publicado en The Lancet, en 2025. A unos médicos les dieron apoyo de inteligencia artificial para detectar lesiones en colonoscopias. Tres meses después, su detección sin ayuda había bajado de 28 a 22 por ciento. Es un estudio de observación, así que muestra la caída, no la causa. Pero la caída está ahí. No perdieron la herramienta. Perdieron práctica.

Nos quedamos con el cómo, y perdimos el porqué.

Estás afinando el pensamiento analítico y crítico de la máquina. ¿Y el tuyo? ¿Dónde están quedando tus ideas, en la máquina o en ti y en tu equipo?

¿Quieres saber dónde estás? El test toma dos minutos y no pide correo.

El Test de la Obsolescencia
lab.adrianamadrinan.com/obsolescencia

Sí, usé inteligencia artificial para darle forma a esto. Enseño a usarla con estrategia, esconderla habría sido lo raro. Las ideas son mías. La herramienta las ordenó, no las pensó. Para eso sirve: para amplificar tu pensamiento, no para reemplazarlo.

Soy Adriana Madriñán, fundadora de The Madrinan Playground™ y estratega de innovación en modelos de negocio para la era de la IA. Diseñadora industrial de formación, con MBA y maestría en marketing. Desde hace más de diez años acompaño a dueños de negocio en Estados Unidos y América Latina a diseñar negocios preparados para el futuro, y trabajo con organizaciones que apoyan a empresarios y con clientes directos.

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