Por Adriana Madriñán
Tienes una receta que por fin te quedó bien, más o menos al intento número quince.
La ajustaste cada vez. Menos sal. Más temperatura. Sacarla del horno cuatro minutos antes de lo que dice el libro.
Entonces alguien te la pide y se la mandas por mensaje. Ingredientes, pasos, listo. La hacen, les queda mal, y por un segundo piensas que fueron descuidados.
No fueron descuidados. Les mandaste la respuesta. Te quedaste con los quince intentos.
He estado pensando en eso últimamente por algo que los dueños de negocio me repiten sobre sus equipos.
Un dueño lee algo que le entregó su equipo y a los dos renglones sabe que lo escribió una máquina. Esto pasa todo el tiempo ahora. Dice lo obvio: esto no es lo que pedí, esto no suena a nosotros, háganlo otra vez.
Y después piensa otra cosa, que no dice en voz alta. He oído alguna versión muchas veces, bajito, casi siempre cuando ya terminó la sesión:
Mi inteligencia artificial está mejor entrenada que mis empleados.
Es incómodo pensar eso de gente que uno contrató y que probablemente quiere. A casi todos les da algo de culpa, y por eso se queda en la cabeza.
Entiendo la sensación. Pero la frase está apuntando en la dirección equivocada.
Alguien hizo el entrenamiento
Alguien se sentó con esa máquina, durante semanas, y la corrigió. Le dijo que ese no era el tono. Le dijo que lo intentara otra vez, más corto. Le explicó qué es lo que de verdad le importa al cliente. Le pegó un ejemplo de algo bueno y le dijo, así. Y al otro día lo hizo otra vez, y al otro.
Eso no es una compra. Eso es entrenamiento, y costó paciencia.
La persona que entregó el trabajo no recibió nada de eso.
Nadie se sentó con ella durante semanas a corregirla así. Nadie le dijo cómo se ve lo bueno acá, más de una vez, con ejemplos. Nadie le explicó qué es lo que de verdad le importa al cliente, porque eso se suponía que era obvio.
En la mayoría de los negocios pequeños la respuesta honesta es no. En una empresa de ocho personas no hay departamento de capacitación. Estás tú, y el tiempo que tengas.
Entonces la máquina recibió semanas de corrección paciente, y la persona recibió una fecha de entrega.
La máquina no ganó por ser mejor. Ganó por ser la única entrenada.
Por qué se lo ves a ellos y no a ti
Hace unas semanas escribí sobre algo que los dueños me dicen bajito: que sienten que dejaron de pensar. No voy a volver a ese argumento acá.
Pero hay una parte que sí pertenece a esta conversación, y no la vi hasta que puse las dos cosas lado a lado.
En uno mismo es una incomodidad vaga que no se sabe dónde poner. En el trabajo del otro se ve en tres segundos.
Por eso el dueño lo detecta de una en el documento del equipo y no lo detecta en su propia semana.
Esto no es un argumento para despedir a nadie
He visto cómo se tuerce esta observación, y vale la pena cerrar esa puerta.
Sería muy cómodo leerlo así. Si la máquina está mejor entrenada, y además es más barata, la cuenta parece estar pensando sola.
Pero esa cuenta está comparando a una persona que nunca fue entrenada contra una herramienta que se entrenó durante semanas, y le está llamando talento a la diferencia.
La pregunta no es si la persona vale la pena. La pregunta es qué le faltó a lo que entregó, y quién se lo iba a enseñar.
Si la respuesta es nadie, entonces no aprendiste algo sobre tu equipo. Aprendiste algo sobre dónde ha estado yendo tu paciencia.
Dónde va tu paciencia es una decisión
Siento que ya no estoy pensando es imposible de accionar. Es una sensación, no tiene tamaño, y para el martes ya se fue.
Mi máquina está mejor entrenada que mi gente es otro tipo de frase. Señala algo que se puede contar.
Te dice dónde se fueron las horas. Dónde se fueron las correcciones. Dónde se fue la paciencia. Y en un negocio de ocho personas, esas horas son lo más parecido que tienes a una decisión de inversión, la hayas escrito así alguna vez o no.
Nadie escogió esto a propósito. La máquina contesta de una y nunca se desanima, y una persona toma meses y además se puede ir. Claro que la paciencia se corrió hacia lo que devuelve esa misma tarde.
Pero correrse también es una dirección.
Una cosa que puedes hacer sin sacar tiempo extra
Esto no es difícil porque a los dueños no les importe su equipo. Es difícil porque entrenar a una persona parece una hora que no tienes, y entrenar a la máquina no parece entrenamiento. Parece trabajo.
Así que esta es la única sugerencia que voy a hacer, y no cuesta nada.
Corrige la máquina delante de alguien.
Lo vas a hacer de todos modos. Le vas a decir que el tono no es, le vas a pegar un ejemplo de algo bueno, le vas a explicar qué le importa a ese cliente en particular. Normalmente haces eso solo, en una ventana de chat, de noche.
Hazlo una vez por semana con la persona cuyo trabajo le sigues devolviendo.
No está aprendiendo la herramienta. Está viendo cómo decides qué es lo bueno acá, que es justo lo que nadie le mostró nunca y lo que no se puede poner en un documento.
Es la misma hora que ibas a gastar igual. Lo único que cambia es la puerta abierta.
Esta semana no hay juego
Los últimos cuatro artículos terminaban con un juego de dos minutos. Este no, y es a propósito.
Hay cosas que no se averiguan en dos minutos. Esta toma una semana, y pasa en tu propio calendario, no en mi sitio web.
Así que en vez de un juego, un reto. Es el que acompaña a este hallazgo en el laboratorio, y no le cambiaría una palabra:
Sin culpa, solo curiosidad: esta semana cuenta las horas que le has dedicado a entrenar tu inteligencia artificial. Y las horas que le has dedicado a entrenar a tu gente.
Tres formas de hacerlo de verdad, porque contar las horas es más fácil de decir que de hacer.
Pregúntale a la máquina. Abre la herramienta que más uses y pregúntale directo: en el último mes, cuántos de nuestros intercambios fueron yo pidiéndote algo nuevo, y cuántos fueron yo corrigiendo lo que me diste. Algunas herramientas contestan eso. Si la tuya no, devuélvete una semana tú mismo.
Cuenta correcciones, no usos. Abrir la herramienta no es entrenarla. Entrenarla es decirle que lo intente otra vez, más corto. Pegarle un ejemplo y decirle, así. Explicarle qué le importa de verdad al cliente. Ese es el número.
O simplemente ve hacia adelante. Reconstruir el mes pasado es imposible. Tómate cinco días, dos columnas en el teléfono, y escríbelo a medida que pasa.
Lo de sin culpa no es adorno. Si sales de esto sintiéndote mal contigo mismo, vas a hacer lo que todo el mundo hace con la culpa: guardarla en algún lado y no volver a mirarla.
Solo cuenta. Esas horas son los quince intentos. Ahora mismo la máquina se los está llevando, y a tu gente le estás mandando la receta por mensaje.
→ El reto completo y los demás hallazgos: lab.adrianamadrinan.com/hallazgos
Sí, utilicé inteligencia artificial para dar forma a este artículo. Enseño a utilizarla estratégicamente; ocultarlo sería extraño. Las ideas son mías. La herramienta me ayudó a organizarlas. No pensó por mí.
The Madrinan Playground™. La ventaja ya no está simplemente en tener acceso a más información o a mejores herramientas. Está en qué tan bien piensas tu negocio en la era de la inteligencia artificial.
Soy Adriana Madriñán, fundadora de The Madrinan Playground™ y estratega de innovación en modelos de negocio para la era de la inteligencia artificial. Diseñadora industrial de formación, con un MBA y una maestría en Marketing. Durante más de diez años he trabajado junto a dueños de negocio en Estados Unidos y América Latina para diseñar negocios preparados para lo que viene.
© 2026 Alineata LLC. The Madrinan Playground™ es una marca de Alineata LLC. Todos los derechos reservados.
