La catástrofe que arrasó la semana pasada la querida población de Lahaina, al oeste de Maui, trae consigo el amargo sabor del desconcierto.

El incendio de la maleza se mezcló con unos vientos fuertes azotados por un huracán lejano y, de la noche a la mañana, la histórica ciudad había desaparecido, convertida en humo y cenizas. Un exuberante paisaje acuarelado está ahora redibujado en blanco y negro. Al menos 99 personas han muerto, y muchas más están desaparecidas.

Un huracán quemó una ciudad. Es todo muy extraño y terrible.

Vivir en Hawái el tiempo suficiente te familiariza con las catástrofes repentinas, del tipo que pueden arrasar una comunidad en una semana, un día o un instante. Vivir en mi estado natal, o amarlo desde la distancia, es ser consciente de la continua amenaza de los huracanes, los tsunamis, los terremotos y los volcanes.

Pero ¿un incendio forestal? Eso era nuevo en Hawái. Y todo ha cambiado.

Puede que no tengamos un veredicto definitivo sobre si Lahaina murió por los pecados medioambientales de la humanidad, pero sabemos que el cambio climático está haciendo que Hawái sea más cálido y más seco, y que se ha permitido que la maleza invasora se extienda a sus anchas. La sequía en Maui convirtió la hierba en combustible y elevó el riesgo de incendios forestales, y luego la rozó un huracán.

La crisis planetaria no es culpa de Hawái, pero, al igual que otras zonas insulares de nuestros mares, cada vez más crecidos, corre un peligro mayor del habitual, y tiene que actuar. Y cuando los incendios asolaron Maui y la Isla Grande, fue un despiadado recordatorio de que Hawái tiene que ser un líder climático serio, y generar y difundir una conciencia medioambiental de la que carecen otros, demasiados, estados.

Sin duda, Hawái encontrará formas de reducir el riesgo de incendios forestales y mejorar en la lucha contra ellos. Lahaina será reconstruida y sus habitantes volverán a ella. Sin embargo, la resiliencia climática es un reto mucho mayor que el de aumentar los camiones cisterna y contener a la maleza invasora. Es una costosa maraña de problemas en todo el estado.

¿Podrán las comunidades de la costa norte de Oahu retirarse antes de que se las lleve arrastradas una crecida del mar? ¿Cómo lidiarán los floricultores y fruticultores de Maui y la Isla Grande con la sequía prolongada? ¿Qué pasará si mueren los corales de arrecife, los árboles autóctonos y las aves forestales, cambian los patrones climáticos y desaparecen los refrescantes vientos alisios?

Hawái tiene planes ambiciosos: fue el primer estado en comprometerse en alcanzar el 100 por ciento de energías renovables para 2045. Pero le queda mucho camino que recorrer.

En primer lugar, debe revertir su dependencia del petróleo y el carbón importados. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, Hawái consume casi siete veces más energía de la que produce, y el petróleo importado constituye casi cuatro quintas partes de su consumo energético total. En 2022, solo alrededor del 29 por ciento de la generación total de Hawái procedió de las renovables; de su electricidad total, el 17 por ciento procedió de la energía solar. Buena parte de Oahu seguía funcionando con carbón en septiembre del año pasado.

Pero Hawái también ha sido bendecida con una serie de opciones limpias y limpísimas increíblemente variadas. Además del sol, el viento, las olas, las mareas y la energía geotérmica, existen otras tecnologías menos conocidas, como la energía maremotérmica y el biocombustible obtenido a partir de las algas. Ninguno es perfecto, pero algunos o todos ellos serán necesarios para contribuir a un futuro más seguro y sano de Hawái.

Lahaina podría, esperemos, incluso ser reconcebida. Un lugar impregnado del pasado de Hawái —antaño fue la capital del reino hawaiano— podría convertirse también en modelo de un futuro más sostenible y pono (en hawaiano, “justo, recto y equilibrado”).

La economía de Hawái ha dependido durante mucho tiempo de industrias que, junto con la prosperidad, acarrean graves problemas. La caza de ballenas fue una bendición que también supuso una tragedia medioambiental. Las plantaciones de azúcar y piña dejaron cicatrices en la tierra. También lo ha hecho el turismo, que durante más de un siglo le ha permitido seguir prosperando, pero ha tenido sus desventajas, con su contribución al sobredesarrollo, la mercantilización cultural y los productos comerciales de mala calidad. Los cruceros como los que anclan frente a la costa de Lahaina y otros puertos hawaianos son terriblemente contaminantes.

La conmoción y el dolor en Lahaina tendrá que disminuir antes de que comience la reinvención, pero Hawái se ha reinventado a sí misma muchas veces.

Los hawaianos, que en su día estuvieron en peligro de extinción al entrar en contacto con las enfermedades occidentales, sufrieron un fuerte descenso demográfico. Y, en un acto de voluntad colectiva, revitalizaron un patrimonio muy rico: la lengua, la danza, el canto, la artesanía y la agricultura. Junto con las generaciones de inmigrantes de las plantaciones de principios del siglo XX, como mis abuelos okinawenses, construyeron una sociedad multicultural que honra la tolerancia y la acogida.

La gente de Hawái sabe muy bien qué es la diversidad, y han pasado juntos por muchas catástrofes. Los de la generación de mi madre recuerdan los tsunamis de 1946 y 1960 que asolaron Hilo, su ciudad natal. En 1990, un pueblo entero, Kalapana, desapareció bajo una capa de lava de entre 15 y 20 metros. Cada vez que veo que #terremoto es tendencia en Twitter, entro en tsunami.gov para ver qué está temblando en la cuenca del Pacífico. Las sirenas de protección civil son el tono de alarma que me hace evocar el regreso al hogar con la misma facilidad que Gabby Pahinui. Mi primo de la Isla Grande, Quince Mento, quien se jubiló en 2011 de su trabajo como director de la defensa civil del condado de Hawái, es una de las personas más sosegadas que conozco, pero estoy seguro de que duerme más tranquilo si sabe que alguien está pendiente de la lava.

Y nos acordamos del 13 de enero de 2018, la luminosa mañana de sábado en la que todos nuestros teléfonos nos dijeron que íbamos a morir de forma inminente. La falsa alarma del misil balístico aterrorizó al estado, pero no todos sufrieron un ataque de pánico. Mi hermano y su familia, que se encontraban en un restaurante cerca de Honolulu, estaban tan conmocionados como todos los demás, pero acababan de pedir el desayuno y por su ventana tenían vistas a Pearl Harbor, el presunto objetivo principal de Corea del Norte. De modo que —emoji encogido de hombros— mantuvieron la calma y se quedaron ahí. “Al menos, estamos todos juntos”, dijo mi sobrino.

Los vínculos que unen a las familias en todas las islas les inspirarán para protegerse unas a otras y a la tierra, como ya hicieron antes. Tengo la esperanza de que los hawaianos encontrarán soluciones a sus problemas que no pasen por mudarse a Las Vegas.

Espero que sigan siendo como Nathan, el valiente hawaiano de una serie cómica de la década de 1970, The Young Kanakas, que decía: “No te preocupes, cariño, no te preocupes. Juntos, lo resolveremos”.

Pero juntos tendrán que ponerse en marcha. Un experimentado hawaiano defensor del medioambiente, Jeffrey Mikulina, advierte sobre las “inerciativas”, las grandes ideas ecológicas que nunca llegan a ninguna parte. Se podría decir que Dios le ha estado mandando a Hawái —y al resto del mundo— una nueva versión de la antigua profecía de James Baldwin sobre “la señal del arcoíris”: “Más agua no; la próxima vez, el fuego”, escribió.

Fuente:https://www.nytimes.com/es/2023/08/15/espanol/opinion/incendios-hawai.html

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