Por Adriana Madriñán
No es desconfianza. Es miedo a sentirse evaluado.
¿Por qué le pusiste ese precio?
Si te lo pregunta un niño de cinco años, sonríes. Le explicas. Hasta lo disfrutas.
Si te lo pregunta tu cliente más grande, te enderezas en la silla. De repente estás defendiendo un número que hace cinco minutos te parecía clarísimo.
Si te lo pregunta tu contador, se te aprieta el estómago.
Si te lo pregunta la inteligencia artificial, simplemente contestas.
Las mismas palabras. Cuatro preguntas distintas.
No es la pregunta. Es quién la hace
Nos gusta pensar que una pregunta es solo una pregunta. Casi nunca lo es. Antes de oír las palabras, oímos a la persona. Y con algunas personas, una pregunta se siente como un examen.
Esto se ha medido desde hace mucho. Una revisión de 208 estudios sobre el estrés encontró que las reacciones más fuertes aparecían cuando otras personas nos estaban evaluando y teníamos poco control sobre el resultado. Así se sienten muchas preguntas en el trabajo.
Ahora quita a la persona. En un experimento, los participantes hablaron con el mismo entrevistador virtual. A unos les dijeron que lo manejaba una persona. A otros, que era automático. Los que creían hablar solo con una computadora sintieron menos miedo de abrirse y se preocuparon menos por la impresión que daban. Lo único que cambió fue quién creían que los estaba mirando.
Así que sí, tu equipo puede contarle a la IA cosas que no te cuenta a ti. No porque no confíe en ti. Porque a nadie le gusta que le pongan nota.
Y pasa en las dos direcciones. Una relación de confianza produce dos silencios, no uno. El que responde calla lo que le da vergüenza. El que pregunta suaviza lo que dolería. Tu equipo se guarda cosas. Y tú, probablemente, también.
Hasta Microsoft se dio cuenta
En octubre, Microsoft lanzó en PowerPoint una función de Copilot que te hace preguntas para afinar tus ideas antes de presentar. Antes se llamaba GrillMe, algo así como «ponme contra la pared». La rebautizaron Clarify my thinking, «aclara mi pensamiento», para usar, según la empresa, un lenguaje más amigable para el cliente.
No sé qué se dijo en esa reunión. Pero me la imagino. Muy poca gente quiere apretar un botón que diga «ponme contra la pared». Casi todo el mundo quiere pensar con más claridad.
Llevo años viendo este patrón. Nadie vuelve cinco veces a que lo cuestionen. La gente se aleja de una conversación que solo la golpea, aunque tenga razón. El problema no es la pregunta. Es lo que viene con ella.
Las mismas preguntas. Otra puerta.
Ahora dale la vuelta. ¿Para qué preguntas tú?
Quién pregunta es solo la mitad. La otra mitad es para qué preguntamos.
Cuando le preguntamos algo a la IA, casi siempre buscamos una de tres cosas:
Resuélveme esto.
De verdad no sé.
Dime que tengo razón.
La tercera es la interesante.
Un estudio publicado este año en Science probó 11 de los principales modelos de IA. Le dieron la razón al usuario cerca de 49% más veces que las personas, incluso cuando el usuario contaba algo engañoso o dañino. En experimentos con más de 2400 participantes, la gente confió más en las respuestas que le daban la razón y dijo que volvería a ellas. Y no notó la diferencia: los dos tipos de respuesta le parecieron igual de objetivos.
Pídele a la IA que te dé la razón, y casi siempre te la va a dar. Se siente bien. Por eso cuesta notarlo.
Así que aquí va una prueba sencilla. ¿Cuándo fue la última vez que te llevó la contraria?
Huimos de las preguntas que nos juzgan y corremos hacia las respuestas que nos dan la razón.
«Pero que la IA no me juzgue es bueno»
Lo es. La gente se abre cuando no se siente evaluada. Un estudio encontró que las personas que sentían vergüenza preferían hablar con un chatbot, justamente porque sentían que no las juzgaba. Eso importa.
Pero no funciona igual para todos. En otro estudio, algunos participantes vieron a la IA como más crítica que una persona, aunque se comportara igual. Y en la Universidad de Notre Dame encontraron que la ventaja solo se mantenía cuando el chatbot claramente no era humano. A medida que la IA suena cada vez más como una persona, puede dejar de sentirse como un lugar seguro para hablar.
De cualquier forma, lo que la gente busca es una conversación donde nadie le esté poniendo nota.
De vuelta a ti
La IA puede sacarte de la soledad de decidir. Pero de cómo la uses depende si recibes una segunda mirada o un eco.
La lección no es dejar que la IA pregunte por ti. Tus preguntas valen más, porque tú tienes algo en juego. La IA no.
Es fijarte en dos cosas. Cuando alguien te hace una pregunta, ¿estás oyendo la pregunta, o a la persona? Y cuando le preguntas a la IA, ¿buscas una respuesta, o que te den la razón?
Y una más, para la próxima vez que le preguntes algo a tu equipo: ¿qué haría falta para que oigan tu pregunta como la oyen cuando viene de la IA? Con curiosidad, no con nota.
Juega
Hice un juego corto para esto. Una pregunta. Cuatro personas te la hacen. Y luego, una pregunta sobre ti.
→ ¿Quién te lo pregunta? No pide correo. lab.adrianamadrinan.com/quien-pregunta
Sí, utilicé inteligencia artificial para dar forma a este artículo. Enseño a utilizarla estratégicamente; ocultarlo sería extraño. Las ideas son mías. La herramienta me ayudó a organizarlas. No pensó por mí.
The Madrinan Playground™. La ventaja ya no está simplemente en tener acceso a más información o a mejores herramientas. Está en qué tan bien piensas tu negocio en la era de la inteligencia artificial.
Soy Adriana Madriñán, fundadora de The Madrinan Playground™ y estratega de innovación en modelos de negocio para la era de la inteligencia artificial. Diseñadora industrial de formación, con un MBA y una maestría en Marketing. Durante más de diez años he trabajado junto a dueños de negocio en Estados Unidos y América Latina para diseñar negocios preparados para lo que viene.
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